Contra el silencio: un buen periodismo/Palabra de Antígona
Sara Lovera
Hay tiempos en que más vale mirar el horizonte desde
una perspectiva amplia y abarcadora, que encerrarnos
en nuestras cortas ideas. Los tiempos de México exigen
eso, desde cada lugar y cada profesión, actividad o
militancia.
Nada ha traído de bueno al mundo lo que conocemos
como dogmatismo o cortedad de miras. Una de las
desgracias de la desigualdad en América Latina, que
enfrentamos en México, es el silencio. No sabemos casi
nada de lo que sucede a las personas, a las comunidades
y a los grupos de cara a la miseria, la discriminación o
la estulticia que nos va hundiendo en establecimientos
estancos. No vemos más allá de nuestras narices o
intereses.
En cambio, el mundo es amplio y profundo. Lleno de
luces y abatido por profundos pozos de opacidad.
Mientras la gente trabaja, lucha, piensa, desea, se
preocupa por sí y por su entorno. Vive.
En México el periodismo está dedicado a informar sobre
la violencia y la política; sobre todos esos lados oscuros
que nos han ido hundiendo en el silencio. No sabemos
nada de la vida interna en una escuela primaria, menos
de las conversaciones en clase de las y los jóvenes de
bachillerato.
Desconocemos los pensamientos de quienes transcurren
entre una parada del metrobus en la ciudad de México y
su último destino, de hasta 45 o 50 minutos; no miramos
los rostros ni interrogamos a la multitud de funcionarias
y funcionarios públicos en las ventanillas de trámites.
Nos ocupamos cada vez menos de las y los humanos.
Las y los periodistas decretan rápidamente sobre sus
representantes en las cámaras; sobre los integrantes
y las pocas integrantes en los gobiernos, en la
administración y menos sabemos qué piensa y sucede a
la gente que sólo aguanta el terror de los sicarios, de las
policías y los militares. Tampoco nos ocupamos de esos
policías, militares y sicarios, de dónde vienen o a dónde
van, qué sienten.
El periodismo nacional decreta sobre ideas y
acartonadas guías ideológicas. Desgasta todas su
energías en seguir la pista de los jefes o jefas de grupos
políticos o de organizaciones sociales. Nunca nos
preguntamos por quienes conforman esos grupos.
Tal vez por ello es tan refrescante un tipo de periodismo
que no quiere dejar morir la tradición profesional
de hablar con la gente, no importa el lugar, el rango,
la responsabilidad o su definición ideológica. Es una
lucha silenciosa, también, contra el muro de las
imágenes preconcebidas o de los guiones de preguntas
y respuestas construidas en esos establecimientos
estancos.
Quienes comunican, desde los foros, los espacios o
los despachos organizados, en sociedad civil o como
funcionarias o políticos o políticas, tampoco tienen en
mente a quienes sirven o pretenden representar. Hablan
de luchas y combates, de propaganda que se va filtrando
en las páginas de los diarios, en los despachos de las
agencias de noticias, en las imágenes y sonidos de los
medios audiovisuales y luego se anuncia el tiempo, el
movimiento de las bolsas y se pasa a otra cosa, siempre
a los deportes.
Y el periodismo de la gente, como se llaman algunas
ediciones especiales, siempre está lleno de prejuicios,
de respuestas a preguntas comunes, como si se tuviera
que respetar una guía limitada, a veces, la vida íntima de
los artistas de las telenovelas, del número de divorcios o
enamoramientos. También se inclina a saber sobre y el
dinero, los lados opacos de humanidad, que pareciera
contener móviles inconfesables.
Se llevan y se traen, sólo en la superficie, las vidas de
quienes tienen un espacio público. Nadie sabe cómo
fue realmente como se constituyó una organización, ni
se profundiza en las experiencias humanas de quienes
armaron un día la protesta por la discriminación, la
exclusión sexual o la cadena de demandas económicas.
Por ello sorprende y refresca ante esta vida
circunscrita a la sorda lucha por el poder que haya
periodistas de antaño, que no sólo investigan y llegan a
descubrimientos magnificados por la primera plana y el
escándalo, y a veces, la justicia.
Esta semana estará circulando una edición especial de la
Revista Proceso, denominada Heroínas Anónimas, con
textos y relatos también escritos por mujeres. Leí en la
página web de la revista tres historias espléndidas, sin el
recoveco de lo bueno o lo malo; sin la queja de víctimas
en frío o la ligereza de los datos.
Leí a las periodistas Marcela Turati, Anne Marie Mergier
y Cristina L'Homme, recuperando las voces de varias
mujeres que narran desde su propia vida los detalles
de la discriminación en Francia, la lucha por la paz que
hacen las Mujeres de Negro -una organización mundial-
y cómo enfrenta el pueblo Mapuche su antiguo tránsito
de sobrevivencia ante el deseo de desaparecer a esa
etnia en Chile.
Tres textos de otros que seguramente tiene el Especial
que ya circula, me han devuelto la confianza y la
seguridad de que otra cosa se puede hacer en el
periodismo llamado feminista. Estos relatos y escritos
periodísticos me recordaron un excelente reportaje
publicado en el diario español El País, sobre la jefa de
estado socialdemócrata, Jóhanna Sigurdardóttir, de 66
años, que nos la devolvió como persona.
Probablemente rearmar un nuevo periodismo más
humano, sin dejar de decir lo que se tiene que decir,
sería mucho mejor que el encapsulado en la supuesta
militancia o la tremenda denuncia, repetitivo e
ineficiente, respecto de los derechos humanos de las
mujeres. Me devolvió a mis primeros años de periodista,
me hizo sentir que todavía tiene sentido deambular
como testiga e incesante buscadora de almas y hechos
para trasmitir a quienes consumen estos medios algo
más que basura.
También me hizo pensar que no es posible dejarnos
avasallar por las redes sociales de mensajes vacíos, de
solidaridades que no comprometen, de frases sin sentido
y siempre llenas de eso, lo que llamo dogmatismo
y superficialidad de pensamiento. Hay cosas para
rescatarle a esta hermosa profesión reporteril, que
signifique llenar otra vez los diarios de historias de la
gente, con la gente y destiladas por ese hermoso gusto
de la conversación, el conocimiento y el intercambio.
Cosas necesarias y urgentes, que no tienen que ver con
las visiones pragmáticas, amorosas o religiosas de los
gastados discursos de la política o la denuncia, que
tanto espacio ocupan en los medios.
saralovera@yahoo.com.mx