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Contra el silencio: un buen periodismo/Palabra de Antígona

Martes, 10 de Enero de 2012 18:31
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antgonaContra el silencio: un buen periodismo/Palabra de Antígona

Sara Lovera

Hay tiempos en que más vale mirar el horizonte desde

una perspectiva amplia y abarcadora, que encerrarnos

en nuestras cortas ideas. Los tiempos de México exigen

eso, desde cada lugar y cada profesión, actividad o

militancia.

 

Nada ha traído de bueno al mundo lo que conocemos

como dogmatismo o cortedad de miras. Una de las

desgracias de la desigualdad en América Latina, que

enfrentamos en México, es el silencio. No sabemos casi

nada de lo que sucede a las personas, a las comunidades

y a los grupos de cara a la miseria, la discriminación o

la estulticia que nos va hundiendo en establecimientos

estancos. No vemos más allá de nuestras narices o

intereses.

 

En cambio, el mundo es amplio y profundo. Lleno de

luces y abatido por profundos pozos de opacidad.

Mientras la gente trabaja, lucha, piensa, desea, se

preocupa por sí y por su entorno. Vive.

 

En México el periodismo está dedicado a informar sobre

la violencia y la política; sobre todos esos lados oscuros

 

que nos han ido hundiendo en el silencio. No sabemos

nada de la vida interna en una escuela primaria, menos

de las conversaciones en clase de las y los jóvenes de

bachillerato.

 

Desconocemos los pensamientos de quienes transcurren

entre una parada del metrobus en la ciudad de México y

su último destino, de hasta 45 o 50 minutos; no miramos

los rostros ni interrogamos a la multitud de funcionarias

y funcionarios públicos en las ventanillas de trámites.

Nos ocupamos cada vez menos de las y los humanos.

 

Las y los periodistas decretan rápidamente sobre sus

representantes en las cámaras; sobre los integrantes

y las pocas integrantes en los gobiernos, en la

administración y menos sabemos qué piensa y sucede a

la gente que sólo aguanta el terror de los sicarios, de las

policías y los militares. Tampoco nos ocupamos de esos

policías, militares y sicarios, de dónde vienen o a dónde

van, qué sienten.

 

El periodismo nacional decreta sobre ideas y

acartonadas guías ideológicas. Desgasta todas su

energías en seguir la pista de los jefes o jefas de grupos

políticos o de organizaciones sociales. Nunca nos

preguntamos por quienes conforman esos grupos.

 

Tal vez por ello es tan refrescante un tipo de periodismo

que no quiere dejar morir la tradición profesional

de hablar con la gente, no importa el lugar, el rango,

la responsabilidad o su definición ideológica. Es una

lucha silenciosa, también, contra el muro de las

imágenes preconcebidas o de los guiones de preguntas

y respuestas construidas en esos establecimientos

estancos.

 

Quienes comunican, desde los foros, los espacios o

los despachos organizados, en sociedad civil o como

funcionarias o políticos o políticas, tampoco tienen en

mente a quienes sirven o pretenden representar. Hablan

de luchas y combates, de propaganda que se va filtrando

en las páginas de los diarios, en los despachos de las

agencias de noticias, en las imágenes y sonidos de los

medios audiovisuales y luego se anuncia el tiempo, el

movimiento de las bolsas y se pasa a otra cosa, siempre

a los deportes.

 

Y el periodismo de la gente, como se llaman algunas

ediciones especiales, siempre está lleno de prejuicios,

de respuestas a preguntas comunes, como si se tuviera

que respetar una guía limitada, a veces, la vida íntima de

los artistas de las telenovelas, del número de divorcios o

enamoramientos. También se inclina a saber sobre y el

dinero, los lados opacos de humanidad, que pareciera

 

contener móviles inconfesables.

 

Se llevan y se traen, sólo en la superficie, las vidas de

quienes tienen un espacio público. Nadie sabe cómo

fue realmente como se constituyó una organización, ni

se profundiza en las experiencias humanas de quienes

armaron un día la protesta por la discriminación, la

exclusión sexual o la cadena de demandas económicas.

 

Por ello sorprende y refresca ante esta vida

circunscrita a la sorda lucha por el poder que haya

periodistas de antaño, que no sólo investigan y llegan a

descubrimientos magnificados por la primera plana y el

escándalo, y a veces, la justicia.

 

Esta semana estará circulando una edición especial de la

Revista Proceso, denominada Heroínas Anónimas, con

textos y relatos también escritos por mujeres. Leí en la

página web de la revista tres historias espléndidas, sin el

recoveco de lo bueno o lo malo; sin la queja de víctimas

en frío o la ligereza de los datos.

 

Leí a las periodistas Marcela Turati, Anne Marie Mergier

y Cristina L'Homme, recuperando las voces de varias

mujeres que narran desde su propia vida los detalles

de la discriminación en Francia, la lucha por la paz que

hacen las Mujeres de Negro -una organización mundial-

 

y cómo enfrenta el pueblo Mapuche su antiguo tránsito

de sobrevivencia ante el deseo de desaparecer a esa

etnia en Chile.

 

Tres textos de otros que seguramente tiene el Especial

que ya circula, me han devuelto la confianza y la

seguridad de que otra cosa se puede hacer en el

periodismo llamado feminista. Estos relatos y escritos

periodísticos me recordaron un excelente reportaje

publicado en el diario español El País, sobre la jefa de

estado socialdemócrata, Jóhanna Sigurdardóttir, de 66

años, que nos la devolvió como persona.

 

Probablemente rearmar un nuevo periodismo más

humano, sin dejar de decir lo que se tiene que decir,

sería mucho mejor que el encapsulado en la supuesta

militancia o la tremenda denuncia, repetitivo e

ineficiente, respecto de los derechos humanos de las

mujeres. Me devolvió a mis primeros años de periodista,

me hizo sentir que todavía tiene sentido deambular

como testiga e incesante buscadora de almas y hechos

para trasmitir a quienes consumen estos medios algo

más que basura.

 

También me hizo pensar que no es posible dejarnos

avasallar por las redes sociales de mensajes vacíos, de

solidaridades que no comprometen, de frases sin sentido

 

y siempre llenas de eso, lo que llamo dogmatismo

y superficialidad de pensamiento. Hay cosas para

rescatarle a esta hermosa profesión reporteril, que

signifique llenar otra vez los diarios de historias de la

gente, con la gente y destiladas por ese hermoso gusto

de la conversación, el conocimiento y el intercambio.

Cosas necesarias y urgentes, que no tienen que ver con

las visiones pragmáticas, amorosas o religiosas de los

gastados discursos de la política o la denuncia, que

tanto espacio ocupan en los medios.

saralovera@yahoo.com.mx

 

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