Dra. Elvira Hernández Carballido/FCPyS-UNAM.- Yo, feminista abnegada, investigadora ingenua, amiga fiel, amante leal, madre desordenada, esposa insumisa, amorosa bienquerida, periodista por siempre, profesora con cariño, mujer sexo de nube y corazón de luna llena, declaro públicamente mi pasión por los hombres.
Desde el padre hasta el hijo, los sobrinos y el hermano, el tío y los abuelos, desde el amigo hasta el conocido, desde mis alumnos hasta mis compañeros, desde mis novios hasta mis amores por siempre platónicos, desde mis chamanes hasta los divos alcanzables, desde los amores de mi vida hasta los cariños de mi alma, desde el tímido patriarca hasta el machín declarado.
Todos y ninguno bendicen mi vida o maldicen este jeroglífico que soy siempre que me refugio en sus brazos. Cada uno con su historia y sus pecados, su derroche y su egoísmo, su orgullo macho y su humildad misógina, sus miedos a quererme mucho y sus temores a quererme más, su insolencia cuando me olvidan y su discreción cuando me evocan, su jactancia al saber que los amo y su prudencia para cuidar ese amor honesto que brilla en mi mirada cuando les saludo, los beso o les hago una nueva promesa de asilarlos por siempre en mi corazón.
Cada uno le ha puesto ritmo a mi vida. Si me corresponden camino al compás de un romántico bolero. Si me seducen muevo mis caderas con la cadencia de ese buen cha cha cha. Si me niegan desgarro mi garganta acompañada de un mariachi. Cuando reconocen este mutuo sentimiento surge un derroche de baladas cursis pero eternamente románticas, como yo, como ellos cuando suavizan su lado eternamente masculino.
Cada uno me contagia sus bajas pasiones y me corrompe gracias a sus extraños gustos. Entonces aprendí a gritar gol con euforia solamente para declarar deportivamente mi amor. Así me enamoré del cine sólo porque analiza las escenas y los diálogos con una profundidad absurdamente creativa. Por eso desafino entusiasmada para cantar con él hasta el amanecer. Soy capaz de probar de su mano esos mariscos que tanta lástima me da comerlos. Envío mensajes jamás respondidos para confundirlos, provocarlos y entusiasmarlos, estrategias que solamente ellos podían enseñarme.
Niegan amarme y yo callo con ellos por simple complicidad resignada. Me dejan plantada y justifico que lo hicieron por demasiado amor. Comprendo que no respondieron mi mensaje porque les gusta más leerlos que contestarlos. Creo que sus indecisiones son provocadas por mi seguridad de amarlos. Me conmueve su ingenuidad cuando juro no poder vivir sin ellos. Reconozco su miopía ante el amor que les confieso a diario porque es algo natural en ellos.
Viven en mi corazón pero yo mismo aprendí a no dejar que lo quiebren ni lo partan porque mi lealtad los hizo esconder las uñas y olvidar sus herramientas de tortura. Creo fatalmente en ellos porque yo misma aprendí a reconocerlos humanamente imperfectos. Me gusta reconstruirlos con mi enamorada mirada que provoca verlos como los machines más honestos del patriarcado esplendoroso del siglo XXI. No quiero estudiarlos, solamente estar con ellos. No quiero exigirles, solamente construir la verdadera sororidad masculina con ellos. No quiero negarlos, ya están tatuados en mi alma. No quiero compararlos, son únicos en su especie de machos hermosos. No quiero perderlos, su ser me hace suspirar bella y airosa por esta vida de feminista hacinada por siempre en su alma varonil
Pablo Saldaña marcar el comentario
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Domingo, 15 Abril 2012