En defensa de la nota roja
Anacleto Morones
La nota roja siempre ha sido desdeñada, a pesar de que la gran mayoría de los periódicos de Oaxaca, la utilizan para poder sobrevivir en un estado donde el descrédito público de los medios de comunicación es un mal endémico.
Y con mucha razón. Los lectores de diarios saben bien de que pie cojea cada medio, y que todos, dependen de la publicidad oficial, ante la falta de lectores en un estado de analfabetas, en el que ningún diario, por la montañosa geografía estatal, logra cubrir ni la mitad de las 50 ciudades más importantes.
Estoy casi seguro que la llamada nota roja tuvo, en México y en Oaxaca, su auge gracias a que la credibilidad de los diarios es mínima, y algo tenían que vender para justificar la circulación y la publicidad oficial.
Así, los medios impresos crearon ese engendro que se llama nota roja y que aún hoy es una reminiscencia del periodismo aldeano que explota al máximo el morbo y las fotos sangrientas, horrendas, sin el más mínimo pudor, ni respeto para los familiares de las victimas ni para los involucrados.
Los medios crearon el engendro porque necesitaban tener credibilidad, al menos en la nota roja, y luego se dieron cuenta que un gran porcentaje de las ventas dependía de los litros de sangre que aparecía en sus páginas.
Así, el género quedó relegado a un despreciable subgénero, al que se confinaba a reporteros sagaces que traían los datos de la nota aunque no supieran escribir. A los que posesionados de un espíritu detectivesco se dedicaron, en los no tan lejanos tiempos, a aclarar crímenes que la policía no quería o no podía esclarecer.
Hubo reporteros policiacos que realmente trascendieron las páginas de la nota roja, y hay que decirlo, se convirtieron en verdaderos hampones. Lograron hacerse de algunos periódicos. Eran los tiempos en que el reportero de policiaca andaba armado, que cerraba antros y cantinas y cobraba por dar protección.
Es pues, un género vilipendiado, que es visto como un mal necesario, donde la truculencia se desahoga y se alimenta el morbo de los analfabetas funcionales ante la falta de lectores.
Sin embargo, los reporteros policacos son una especie aparte. Se juegan literalmente el pellejo. Viajan en las peores condiciones y por las peores y criminales carreteras del estado. Muchos de ellos sin un seguro de vida. Están donde realmente ocurre la acción.
Para empezar, el reportero de policiaca tiene que sortear el menosprecio de los reporteros de información general, de las súper estrellas que cubren las fuentes políticas, aunque se la pasen refriteando boletines y repitiendo como loros, sin ningún sentido crítico, lo que dicen los políticos. Y luego se preguntan por qué el periodismo oaxaqueño no tiene credibilidad.
Sin embargo, la nota policiaca es crónica pura. Difícilmente la declaración arrancada en una entrevista banquetera a algún funcionario de gobierno, podría ser “nota” para el periodista policiaco, acostumbrado a trabajar con hechos concretos.
Y no veo, por ningún lado, que los reporteros de información general trabajen los géneros periodísticos, mucho menos la gran crónica.
El reportero policiaco es un ser que vive con la angustia de escuchar una sirena Y QUE inmediatamente tiene que preguntar a las corporaciones qué pasó, cuántos “muertitos” hay, cuantos heridos, que de madrugada, de noche o de mañana, tiene que viajar, a veces en las bateas de las camionetas de los jefes policiacos. Comen donde pueden, camina en serio, bajan montañas, hasta el lugar más profundo, donde haya quedado el vehículo que se volcó.
He visto a reporteros ayudar a cargar cadáveres hombro a hombro con los policías, los he visto caerse en los cerros, espinarse, morirse del frío, desvelarse, no dormir, mojarse, aspirar bocanadas de humo en los incendios, subir cerros, siempre buscando la foto del “muertito” en el lugar.
Los he visto aguantar los fétidos olores de los cuerpos en descomposición, aguantar las golpizas de policías por órdenes de jefes soberbios y prepotentes como José Manuel Vera Salinas, sufrir el incendio de sus vehículos, que les corten tubos a sus motos, que les echen azúcar a los tanques de gasolina de sus autos para desvielarlos.
Además, aguantar amenazas de delincuentes porque les tomaron una foto, ser objeto de venganzas porque los policías, comandantes o cualquier hijo de vecino con cualquier cargo menor en una corporación, se sintió ofendido por la nota del reportero.
Qué diferencia con el reportero que llega al café o al restaurante en el zócalo, pide una Coca Cola fría, un café, o de plano come durante la conferencia de prensa.
He visto al hijo del dueño de un “diario” comer como el cerdo que es en una conferencia, simplemente porque no le costaba nada, pedir los platillos más caros de un menú, y terminar la carrera de derecho a punta de periodicazos. El hijo del periodista llegó incluso a ser funcionario público.
Qué diferencia con el reportero que saca todas sus notas por teléfono, porque al final, de una simple declaracioncita, podrá armar una nota que incluso puede ser la de ocho columnas. No importa que los editores tengan que hacer maravillas para levantar su información.
Qué diferencia con el reportero policiaco que a diario vive las tragedias humanas, las angustias, el dolor ajeno, que casi siempre ocurren entre las personas más humildes.
La sección policiaca se alimenta de las tragedias que ocurren a la gente más pobre. Pocas veces vemos a un acaudalado y rico empresario en las páginas de la nota roja porque, simplemente, los vicios privados no trascienden, o simplemente son frenadas por los directores porque se trata de personajes muy importantes.
Las secciones policiacas están plagadas de los suicidios de ancianos solitarios o en bancarrota, los crímenes pasionales de mujeres que no supieron reconocer el peligro potencial de vivir con un agresor.
Hoy pesa sobre la nota roja la urgencia de cambiar. De cuidar al máximo que las fotografías no lesionen, no solamente a los lectores, si no la dignidad de las personas involucradas. Por que sí. Estoy casi seguro que si las secciones de seguridad desaparecieran de un día para otro, seguramente las ventas tendrían una caída estrepitosa.
Es cierto, muy pocos egresados de las universidades, de las escuelas de comunicación, quieren ser reporteros de policiaca, aunque he visto a una joven recién egresada y a un licenciado en ciencias de la comunicación como reportero en la nota roja.
Que diferencia de la crónica policiaca con la verborrea impresa, las fatuas, insulsas y torpes declaraciones de los políticos que se publican todos los días como las “noticias” más importantes. Y veo a la crónica policiaca mucho más cerca de la literatura y el arte.
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